• CONMIGO O CONTRA MI

    La entrada del nuevo año no ha supuesto en la Izquierda Abertzale formas nuevas de hacer política que sirvan para afianzar los Nuevos Tiempos que desde hace tiempo llevan pregonando.

    No parece buena forma de crear sinergias o establecer puentes con otras fuerzas políticas en temas especialmente sensibles cuando para ello obligas al otro a sumarse a tus pretensiones con tu lema, el día, a la hora y en el lugar que tú, y sólo tú, has decidido.

    Y menos aún cuando, la negativa de acudir a un acto político, conlleva inmediatamente aparejado el ataque directo e inmediato a quien no desee participar en él.

    Las pretensiones de acercamiento de los presos y la búsqueda de salidas a la situación de los que la IA denomina “presos vascos” (aunque bajo esa denominación, parecen no incluir a quienes se salgan de la disciplina y ortodoxia de la organización a la que pertenecieron), son legítimas y compartidas por muchos y por diversas razones.

    Quienes, como quien esto escribe, se han declarado en contra de la política de dispersión y a favor de políticas de reinserción cuando vivíamos en una situación excepcional o dicho con menos efemismos, cuando ETA asesinaba, con más razón solicitamos que éstas medidas desaparezcan una vez desaparece la situación que las generaba.

     Pero este, que debiera ser el fondo de la cuestión fundamental, no es lo que se esconde tras este falso debate.

    La verdadera cuestión estriba en que la Izquierda Abertzale, como en los pasados treinta años, apuesta por solucionar este asunto a través la presión social; y la mejor forma de visualizar esa presión social son las convocatorias de manifestaciones cuanto más multitudinarias, mejor.

    Esa táctica es harto conocida, al igual que sus escasos resultados. Entre otras razones, porque la Euskadi actual ya no es la de la marcha Pro-Amnistía de 1977, en la que, no lo olvidemos, perdieron la vida casi una decena de ciudadanos vascos.

    En ese cambio, entre otras cosas, han tenido mucho que ver las décadas de socialización del dolor, los oídos sordos a otras manifestaciones que durante todo este tiempo exigieron el cese de la violencia o el silencio y ausencia de manifestación de cualquier tipo ante el dolor ajeno.

    Pero esa y otras muchas cuestiones no parecen haber sido analizadas ni tenidas en cuenta por quienes llevan muchos años, demasiados ya, anclados en el “conmigo o contra mí”.

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