• ¡DERRUMBEMOS EL KURSAAL!

     

    Pertenezco a la generación de donostiarras que creció viendo dos de los grandes momentos de nuestra ciudad: la construcción de la torre de Atotxa y la existencia de un profundo cráter de hormigón en la desembocadura del Urumea permanentemente rodeado por una valla metálica.

    Este solar cerraba por su extremo occidental la línea de costa de Gros, en cuyo extremo oriental se encontraba la explanada de Sagüés, mitad escombrera, mitad almacén de chatarra.

    Como viene a ser costumbre por estos lares, hubieron de pasar más de tres quinquenios para que, de todas las propuestas discutibles, se optara por llevar a cabo lo que hoy, por méritos propios, se ha convertido en uno de los principales espacios de nuestra ciudad: el edificio Kursaal.

    Su construcción ha mejorado la ciudad, ha contribuido a regenerar la línea de costa, ha expandido su influencia a todo el barrio de Gros consiguiendo que el eje de la ciudad se trasladara de la bahía al río (con lo que esto conlleva de cara a los futuros planes urbanísticos de Donostia-San Sebastián) ¡Y, además, genera actividades culturales y económicas!.

    A pesar de competir con todas las ciudades imaginables peleando por el mismo pedazo de tarta, en un contexto de crisis, con unas infraestructuras aeroportuarias y ferroviarias de mediados del siglo pasado, el Kursaal logró el año pasado su récord de Congresos, encadenando 12 años de superávit, con una facturación de 4,3 millones de euros.

    En una época en la que, mucho me temo, ya no se trata tanto de cómo repartimos la riqueza, sino cómo la generamos y en la que a todas las infraestructuras que se vayan a construir deberemos de exigir un alto grado de retorno de la inversión, en el caso que nos ocupa nos encontramos con una infraestructura ya construida que cumple todos estos requisitos.

    ¿Cuál es el problema? Que para seguir siendo competitivos se necesita ampliar su espacio y hacerlo cuesta 14 millones. El asunto no es nuevo. Lleva empantanado, primero por la negativa del Servicio de Costas del Ministerio de Medio Ambiente y, cuando hace casi dos años, este dio su visto bueno, fueron las instituciones las que lo dejaron en suspenso.

    De nuevo se pone sobre la mesa el apoyo a este proyecto y el Consejo de Administración del Kursaal, con mayoría de Bildu, considera que el proyecto de ampliación no es una prioridad.

    Tengo la impresión, y ojalá me equivoque, que a estas alturas hay quien piensa que las cosas funcionan solas, que gestionar una empresa, sea un pequeño comercio o el Kursaal, no exigiera un esfuerzo permanente para adecuar los recursos a un mercado cada vez más competitivo en el que no saber dar respuesta a las necesidades de los clientes actuales y futuros puede provocar que lo que hoy es un modelo de éxito, mañana sea un proyecto inviable.

    Como decía un amigo mío, “si es lo malo de estas cosas, que empiezas y ya no puedes dejar de seguir haciendo cosas. Mejor lo derrumbamos, volvemos a tener un solar, encargamos una serie de proyectos con sus maquetas y, ¡venga!, a volver a discutir durante los próximos quince años”.

    Espero que no sea así y que, de una vez por todas volvamos al espíritu de Cortázar y compañía. Que como ellos, abordemos los retos de la ciudad con visión y decisión. Esa actitud, y no la de la duda permanente, fue durante mucho tiempo marca de la casa donostiarra. Aquí tenemos una oportunidad de oro para retomarla.

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