• EL JUEGO DE LA PELOTA

    Al debate del congreso de los Diputados de ayer le ocurrió como a algunos capítulos de series televisivas; previsibles en su contenido pero necesarios para ir decantando hacia dónde girará la trama general.

    En el capítulo de ayer, los partidos “no nacionalistas” se aferraron al texto que consagra la Nación española (y dicho de paso, también el derecho al trabajo y a una vivienda digna) para negarse a algo que, sinceramente, creo tiene cabida en la Constitución: la posibilidad de delegar la competencia de convocar un referéndum de naturaleza consultiva a una comunidad autónoma para un asunto concreto, tasado y consensuado.

    Da la sensación de que PSOE y PP no temen tanto la fórmula como al resultado.

    Pero no es ése el aspecto al que quería referirme, sino a uno de los argumentos utilizados ayer por los representantes del Parlament y a quién iban dirigidos.
    En un momento concreto del debate, éste elevó el foco de la cuestión catalana a la española cuando, en referencia a la existencia constitucional del referéndum como herramienta de participación directa de los ciudadanos en los asuntos públicos, se puso el acento en el poco uso que el “stablishment” político español ha hecho de ella.

    Al poner el dedo en esa llaga se estaba advirtiendo de que, más allá del portazo a la petición catalana, se estaba poniendo en evidencia la existencia de un sistema bipartidista imperfecto creado en último tercio del siglo XX en el cual, sus dos protagonistas tienen, en lo referente a los grandes “asuntos de Estado”, todo atado y bien atado hasta el punto que, en lo refrente a esos temas, a la ciudadanía  le toca jugar el papel de mero espectador.

    Quizás puede ser ése el argumento que más cale en una parte de la sociedad española que, nacida a finales del siglo pasado o en los albores del actual, viven o vivirán su madurez política y personal en el siglo XXI.

    El resto de argumentos esgrimidos ayer por los representantes del Parlamento catalán tuvieron, como era de esperar, el efecto de una pelota lanzada contra un frontón construido sobre principios y valores patrióticos en los que, a nada que rascas, sigue apareciendo lo de la “unidad de destino en lo Universal”.

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