• LA IMPORTANCIA DE LO PEQUEÑO

    No hay hecho o proceso con pretensiones de llegar a ser histórico que no busque tener su gran discurso, que no trate de contar con la imagen definitiva, ésa que lo inmortalice para la posteridad.

    No es algo exclusivo de la actual  sociedad de la imagen, los museos de medio mundo están repletos de obras que han sobrevivido por su interés artístico pero que, en su momento, se crearon con un indudable interés propagandístico.

     Es a quienes se dedican a la Política con mayúsculas a los que les corresponde dar contenido a esa imagen y a ese discurso. Un discurso que, ténganlo por seguro, será revisado con los ojos limpios pero más críticos de aquellos que, aunque no vivieron los hechos que ese proceso pretende cerrar, sí convivirán con muchas de sus consecuencias.

     Nuestro particular proceso de Normalización, Pacificación, Convivencia, utilícese el término que cada uno prefiera, todo menos convertir el concepto en la penúltima trinchera que cavar, no es ajeno a ello.

    Siempre he entendido la importancia de la puesta en escena, pero creo mucho más en los pequeños actos cotidianos, ésos que hacen creíble el discurso y dan veracidad a las estrategias.

     Por ello, reconociendo que el abandono de la justificación del uso de la violencia como medio de obtención de objetivos políticos es un paso tardío pero importante, sería de agradecer actuaciones que se alejen del “estás conmigo o contra mí” o de la exaltación de la épica guerrera y se acerquen a otros tales como diferenciar dónde acaba la libertad de expresión y dónde empieza el insulto, o reivindicar los espacios públicos como lugares de convivencia y no como escenario de escarnio del adversario o púlpito donde situar debates cuando no se cuenta con mayoría suficiente en las instituciones en las que éstos se resuelven.

     Ademas, ese cambio conseguiría, a los ojos de muchos ciudadanos, entre los que me incluyo, dejar en un segundo plano esa especie de nuevo Auto de Fe en el que someter a examen colectivo el grado de convicción de la conversión, dejando para el ámbito privado de cada uno cuánto se ha aceptado por vocación y cuánto por tacticismo.

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