• LA PRIMA DE RIESGO DE LA TRANSICIÓN

     Treinta y nueve años separan el golpe de estado que instauró la Dictadura y la muerte de quien la encarnó y otros treinta y nueve separan la investidura de Juan Carlos de Borbón de su abdicación.

     Todo parece indicar que, últimamente, ése es el plazo de vencimiento de los procesos políticos en el Estado español y, como ocurre en estos casos, momento en que valorar cuánto se hipotecó, qué intereses se han pagado y si es conveniente renovar el contrato o no.

     Resulta claro que una de las condiciones de aquel contrato pasaba por la aceptación de la figura de Juan Carlos de Borbón como jefe del Estado español y de la Monarquía como su forma de gobierno.

    En el recién recuperado debate aparecen nociones que perviven en el tiempo.

    Una, la actual identificación maniquea entre “República igual a libertad y monarquía igual a estabilidad” viene de muy lejos, por lo menos desde el siglo XIX, y ha sido principal argumento golpista siempre que determinados sectores han visto peligrar su estatus.

     Ejemplos de que esta idea es mera simplificación hay muchos, sirvan dos: Corea del Norte es una República y Gran Bretaña, un reino.

     Dos, idea que subyace en argumento anterior, el de la incapacidad de la sociedad española para gobernarse a sí misma, o lo que es lo mismo, la necesidad de una figura paterna (la materna no sirve) que dirija a la sociedad española en su trayecto, ya sea encarnada en la figura de un rey o en la de un militar autoritario y monárquico como Franco, quien , en la práctica, se comportó como tal.

     A todo ello habría que sumar lo que parecen ser las deudas contraídas por quienes tomaron parte activa en el proceso de la Transición. Deudas que parecen no tener fecha de caducidad.

    Es curioso que la propia sacralización de la Transición ha acabado por actuar en contra de quienes participaron en ella, ya que, por esa necesidad de edulcorarla para su consumo posterior se obvió que el contexto en el que se llevó a cabo y en el que tuvieron que tomar determinadas decisiones fue mucho más sucio, duro y convulso de lo que nos han querido hacer creer.

    Lo que hoy en día parece claro es que los pactos allí gestados se hicieron bajo el temor a una posible actuación de los, aún intactos, pilares armados del franquismo y que la urgencia de constituir un sistema que permitiese el ingreso en lo que, entonces , se llamaba la Comunidad Económica Europea actuó de estímulo para llegar a acuerdos entre muy diferentes.

    Personalmente, considero la Monarquía obsoleta y anacrónica, pero no encuentro más aliciente en ese debate si no es para profundizar en otro. En el de la visión que los dos grandes partidos de ámbito estatal tienen de la sociedad española, dentro de la cual nos incluyen.

    Según esa visión, los españoles siguen sin alcanzar la mayoría de edad necesaria para debatir y, si es el caso, decidir en referéndum cuestiones de gran calado.

     Es esa capacidad de decisión, y no el ser gobernados por un Rey o por un Presidente, la que, en el siglo XXI, marca la diferencia entre ser un súbito o un ciudadano.

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