• Bajo el paraguas de la capitalidad europea de la cultura 2016

    En las últimas fechas, diferentes medios de comunicación han recogido opiniones y comentarios sobre la dimensión “turística” de la capitalidad cultural europea de 2016.

    En ellas se habla de de posibles números de visitantes, así como de un largo etcétera de temas que pueden acabar por llevarnos a nuestra particular versión del cuento de la lechera.

    Para evitarlo, no está de más hacer una serie de reflexiones, teniendo en cuenta que el proyecto es mucho más amplio e incide en aspectos más complejos que el abarcado por el término “turismo”.

    Uno de los principales objetivos de cualquier destino turístico es el de posicionarse en el sitio en el que, cree, debe ocupar.

    Básicamente, se trataría de saber en qué sección, en qué balda y junto a qué otros productos queremos que nos sitúen.

    Desde el punto de vista de la proyección de ciudad, el 2016 va a permitir que la ya existente “marca Donostia” se vincule con la de “capital-europea-de la cultura”.

    Dicho de otro modo, a partir de este momento nos presentamos en el mercado internacional como ciudad europea de interés cultural; ésa es la imagen que queremos proyectar y la que de nosotros van a tener quienes nos contemplan desde el exterior.

    Si no queremos defraudar sus expectativas, tendremos que tener en cuenta que Donostia y su entorno no tienen un patrimonio cultural que marque grandes diferencias. Dicho de otro modo, no somos Praga, Florencia, ni Salamanca (capital europea de la cultura en 2002).

    Nuestro indudable potencial cultural viene dado por nuestros intangibles; léase, entre otros, eventos como el Jazzaldia, la Quincena Musical o el Zinemaldia, una programación a lo largo de todo el año y, no lo olvidemos, una cultura propia en un mundo cada vez más accesible pero también más uniforme.

    En este sentido, a lo que Donostia aspira es, por un lado, a mostrarse como una ciudad en la que “pasan cosas”, muchas de las cuales “no te las puedes perder”. Y, por otro, que es una ciudad viva, no un parque temático en el que unos actores dan vida a escenarios y personajes culturales mientras te subes en una noria.

    Otro elemento a tener muy en cuenta es el momento y la oportunidad ante la que nos encontramos. Momento para reforzar las estructuras culturales existentes y para crear otras nuevas con criterios de utilidad. Estructuras que deben ayudar a, una vez concluido el año 2016, mantener ese posicionamiento al que hacía referencia al principio.

    Y por último, la capitalidad puede ser el escaparate en el que mostrar todo el País.

    La extensión de nuestro territorio es una ventaja. Muchos de las personas que nos visitan, realizan en su día a día trayectos de más de media hora hasta sus puestos de trabajo, por lo que no les “asustan” lo que nosotros percibimos como “grandes distancias”. Además, no tienen grabados en su frente a sangre y fuego las lindes de cada uno de nuestros barrios, municipios y herrialdes. Las dimensiones de nuestro territorio hacen factibles sinergias impensables en otros lares.

    Desde el punto de vista de nuestra proyección al exterior, la capitalidad cultural del 2016 no es un punto de llegada, más bien debe ser la casilla de salida para un trayecto de largo recorrido.

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